Seleccionar página

Acabo de volver del Valle de Ulzama, dejándome llevar por sus carreteras comarcales que invitan a frenar y a mirar alrededor. Hay algo en este lugar que me hace bajar el ritmo sin darme cuenta. Casi sin pensarlo, imagino al guardián del bosque avanzando entre el verde, a paso lento, en silencio, como si protegiera la calma que lo envuelve todo.

A medida que me adentro en el corazón de la comarca, siento cómo el camino me empuja a detenerme en Litzaso. Sus casas blancas, con balcones llenos de flores, me dan la bienvenida sin palabras. Camino despacio, sin rumbo fijo, dejándome llevar por calles donde el tiempo parece haberse detenido. Todo aquí respira serenidad.

Y es precisamente esa misma calma la que me acompaña cuando llego al campo de golf, perfectamente integrado en el paisaje. No hay ruptura, no hay contraste: solo una continuidad natural. Quizá sea esa armonía la que hace de Ulzama un lugar mágico, donde la realidad y la imaginación parecen convivir sin esfuerzo.

Hay algo difícil de explicar, una especie de duende —o quizá un hada discreta— que parece habitar entre la hierba y el bosque, como si cuidara en silencio de este rincón. Bajo mis pies, la hierba; delante, el verde infinito. Golpear la bola se convierte casi en un gesto secundario. Lo importante es el instante: la concentración, el silencio, la sensación de estar completamente presente.

Al caer la tarde, me siento en la terraza del club, como si el día me hubiera traído hasta aquí sin esfuerzo. La decoración mezcla espejos dorados, relojes antiguos y vigas de madera con sillones de cuero negro que parecen guardar historias. La luz suave lo envuelve todo. Me quedo un rato más del que pensaba, disfrutando de la conversación, de las vistas, de esa sensación tan rara y tan bonita de estar en un lugar que abraza.

Cuando me voy de Ulzama, la calma no se queda atrás: me acompaña. Es un valle que no solo se visita, se siente. Y sé que volveré, aunque solo sea para imaginar, una vez más, al guardián del bosque perdiéndose entre los árboles, envueltos en niebla, en ese verde profundo que parece no tener fin.

Gracias, Ulzama, por abrazar la calma… y dejar que me la lleve conmigo.