Seleccionar página

A menudo visito Bilbao. Siempre me ha seducido. Incluso en mis años universitarios, cuando los edificios nobles se escondían bajo el humo gris de la industria cercana, ninguno de los que vivimos aquella época podía imaginar que Bilbao se convertiría en una urbe moderna, cosmopolita y de diseño. Hoy es una referencia internacional, tanto en turismo como en negocios.

Ese espíritu renovador no solo se percibe en su arquitectura, sino también en la vida que late a pie de calle. Comercios singulares van apareciendo y embellecen la ciudad: floristerías que parecen pequeños oasis urbanos, cafeterías cálidas, tiendas llenas de creatividad o bares con propuestas diferentes. Muchos de ellos liderados por jóvenes emprendedores con ideas nuevas y brillantes. Bilbao respira modernidad, pero sigue manteniendo esa personalidad que siempre la ha hecho tan especial.

 

Mientras paseo por la grandiosa y noble Gran Vía, me dejo llevar por ese equilibrio entre lo nuevo y lo de siempre. Entonces, casi sin darme cuenta, me alcanza el olor inconfundible que llega desde la pastelería Arrese, Ese aroma irresistible que me hace detener el paso para saborear el inigualable bollo de mantequilla, tan característico de Bilbao y que siempre me ha gustado tanto. Al primer mordisco, la mantequilla, generosa, se deshace en la boca, desprendiendo parte de la misma por la comisura, y todo envuelve en una sensación cálida, casi familiar. Y es en esos pequeños gestos, en esos sabores que no cambian, donde siento que Bilbao sigue siendo la misma.

Y de repente, sin esperarlo,  al levantar la vista, me encuentro con Miguel de Unamuno, hijo ilustre de la villa, sentado a mi lado con un café cargado para llevar. Entonces empiezo a hablar con él.

—Oiga, don Miguel, con tanto cambio… ¿cree que Bilbao sigue teniendo el alma que usted conoció?
—La ciudad no es la misma, ni lo será nunca —responde tras un sorbo—. Cambia como cambiamos nosotros.
—¿Y eso es bueno o malo?
—Ni lo uno ni lo otro. Lo que importa no son los edificios nuevos, sino si la gente sigue sintiendo orgullo de la villa. Si la ría sigue siendo su espejo. Mientras no se olvide eso, Bilbao seguirá siendo Bilbao.

Entonces sonrío, porque entiendo que lo esencial no está en el acero ni en el cristal, sino en la gente que da vida a esta ciudad. Esa gente con ese toque british que, ¿por qué no decirlo? forma parte del carácter abierto y sociable del bilbaíno.

 

Con esa idea aún presente, continúo el paseo. Y qué mejor manera de terminarlo que haciendo una última parada en Mr Marvelous, recargando energía con un delicioso pintxo de tortilla. Me siento como en casa entre la luz cálida, las guirnaldas y esa música suave que envuelve el ambiente. Un local encantador que siempre me deja con ganas de volver.

 ¡Gracias, Bilbao, por mostrarnos tu cara más amable… y por recordarnos, en cada rincón, que tu esencia sigue intacta.!